Alocución pronunciada por el Ministro Sr. Claro M. Recto, de relaciones extranjeras, en respuesta a la que pronuncio su Excelencia, el Presidente de la República, con ocasión de la jura de los nuevos Ministros, 20 de Octubre, 1943.

EXCELENCIA:

Para exteriorizar el sentimiento que a mis colegas y a mi nos embarga en esta singular ocasión, faltan y, a la vez, sobran las palabras. Lo dicho parece una paradoja, pero no lo es, en verdad. De mas están las palabras, porque más elocuente que el mas expresivo lenguaje humano es la emotion que usted ve retratada en nuestros semblantes. Faltan, por otro lado, porque si bien el idioma castellano tiene en sus vastas areas mantos de oro y pedreria, estos, señor Presidente, se tornan harapos de mendigo cuando se quiere cubrir con ellos la majestad esplendida de esos a inefables sentimientos que brotan de lo mas intimo 1 del alma y que solo conoce Dios.

Estos sentimientos que ahora nos abruman, y que se resisten a la definición, son múltiples; de gratitud a Su Excelencia, por habernos considerado dignos de participar en las tareas del gobierno de la República; de orgullo, porque si Vd. nos ha juzgado acreedores a ese honor, ha sido porque somos ciudadanos de esta República, y ese sentimiento de orgullo no es inferior al que abrigaba aquel que en la remota antigiiedad dijo, poniendo la mano sobre el fuego: “civis romanus sum”; de firmeza y determinación, porque, como Hernan Cortes en la edad heroica de las conquistas, también hemos quemado nuestras naves. Para nosotros la suerte está echada, y hemos de seguir adelante, cueste ello lo que costare, para defender contra todo y contra todos la vida y la soberanía de nuestra República y la gloria y la majestad de nuestra bandera, porque esta República solo será una República verdad si todos los filipinos sabemos vivir para ella y morir por ella, como usted dijo en cierta ocasión, y porque volvernos atrás después de logrado lo que tanto habíamos anhelado vale tanto como querer salvar a nado un océano que separa dos continentes solo para retornar al punto de partida.

Hemos acudido a su llamamiento, señor Presidente, no porque deseamos embriagarnos con el incienso del poder, no porque ansiemos rodearnos de la pompa y el aparato que van con el poder, porque si en todos los tiempos todo eso es vanidad de vanidades y mísero oropel, en estos que corremos en que la vida del hombre, humilde o poderoso, no vale más que la de un ave de corral, ello supondría en el desdichado que lo pretendiese locura y insensatez; hemos respondido a su invitación, señor Presidente, por iguales motivos y estímulos que le movieron a aceptar, contra los concejos del egoísmo, la más alta magistratura de la nación; esto es, el servicio público, que no permite hábiles esquivamientos, equilibrios y deserciones, y el deseo sincero de salvar a la nación porque si la nación se pierde, todo y todos se pierden con ella, hasta los que se creen seguros en su retraimiento y abstención: pero, no, no es a la nación precisamente a la que hay que salvar, porque las naciones, a pesar de duras tragedias y pasajeros eclipses, no perecen, sino a esta generación donde hay tantos incrédulos indecisos y timoratos, y hay que salvarla, a pesar de ella misma, salvarla de la presente crisis, sea cual fuere el tenor de las soluciones finales, aunque, al salvarla, seamos nosotros los que tengamos que perecer en la demanda.

Miembros, los mas próximos de su familia oficial, tendrá usted en nosotros, señor Presidente, colaboradores leales y entusiastas, y esta lealtad es tanto más firme cuanto que no solo esta cimentada en una antigua amistad y en largos arios de colaboración en las tareas de gobierno, sino en esa roca espiritual que es la clave y el secreto de todo proselitismo y de todo caudillaje natural; la sincera y profunda admiración por usted sentimos, por su patriotismo, sabiduría y coraje, por ese su despego y menosprecio de las frivolidades mundanas y ese ascetismo de su vida privada; en una palabra, por esas ricas dotes del entendimiento y esas preciadas virtudes del caracter, cualidades civicas y prendas del espiritu, que usted atesora, y todas juntas constituyen en los dfas criticos que atravesamos, baluarte inexpugnable del honor y las libertades de nuestro pueblo, y hacen de usted el caudillo ideal que debe conducirlo por las rutas que lo llevaran a su salvacion.

Sabemos, señor Presidente, que, durante el tiempo de su gobierno, mas de una vez habrá de paladear el sinsabor, la amargura, el torturante acíbar de la incomprensión y la ingratitud colectivas; que en el camino, que es empinado y estrecho. que va a recorrer, siendo nuestro guía, sentirá no solo fatiga, sino vértigo, no el vértigo del poder, pues lo vanidad no ha hecho nido en su corazón, sino el vértigo del abismo, porque ese camino se abre entre dos negros despeñaderos; y que más de una vez sentirá usted flaquearle la fe y desfallecer la voluntad al ver quizás defraudada la esperanza que ha puesto en los grandes altruismos e incumplidas las promesas que se hicieron en nombre de una nueva moral en el Derecho de gentes en pero, esos momentos de aflicción y angustia le servirá de consuelo y solaz el saber que usted cuenta con nuestra inquebrantable adhesión cuya raíz y fundamento no solo consisten en nuestra comunión con las mismas ideas y nuestra profesión de fe en dos mismos principios, sino también en nuestra firmísima creencia, fuerte como una verdad revelada, de que la Mano Todopoderosa que más de una vez arrebato la preciosa vida de su Excelencia de las garras mismas de la muerte, es la misma Mano Todopoderosa que derramo bendiciones sobre nuestra bandera cuando fue izada al viento, a los heroicos sones de la marcha nacional, mientras repicaban das campanas anunciando la buena nueva del nacimiento de nuestra República; la misma Mano Todopoderosa que salvara a nuestro pueblo de los graves peligros que de todas partes le asechan y lo conducirá a la cumbre de la victoria y de la felicidad, a aquella Tierra de Provisión que anhelamos, en que soñaron, en la noche de los tiempos, nuestros antepasados, y por la que dieron sus vidas, en cadalsos y campos de batalla, nuestros mártires y nuestros héroes; aquella Tierra de Promisión que el Señor de cielos y tierra, fuente del poder, de la bondad y de la justicia, tiene reservada a nuestro pueblo desde la alborada del mundo, en un decreto de Su Eternidad.

Source: Office of the Solicitor General Library

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